-Eres como un cuadro de Matisse-, le susurré al oído.
Bella pero sencilla, pensé para mí. Superficial, aunque sin malas intenciones. Buena chica, sí, pero que se quedaba en eso.
Me di cuenta en ese momento de que el polvo que estaba a punto de echar se lo debía a un documental que había visto el día anterior en la cadena estatal para minorías. Conocer que mi pene estaba 1,42 cm por encima de la media española me dio seguridad en mi mismo, incluso me hizo sentir eufórico en el primer momento. Esa estúpida propaganda de que el tamaño no importa había influido, a la inversa, en todos los varones de mi generación. La mayor parte negaba que se lo hubiese medido alguna vez, el pene, de eso estoy hablando. Pero era mentira.
Mi nivel de sueldo estaba por encima de la media del país, pertenecía a ese grupo denominado clase media, media alta. Intelectualmente estaba por encima de la media, mi coeficiente intelectual era de 126. Sexualmente estaba por encima de la media, mi pene era 1,42 cm más largo que el promedio nacional.
Y sin embargo me sentía desdichado por encima de la media.
Con la seguridad que me daba saber que mis anteriores relaciones no habían fracasado por eso, por el tamaño de mi pene, me había lanzado a la búsqueda de una mujer que llenase mis ratos libres y de paso canalizase mis instintos por el buen camino, por el del sexo sano.
Y ahora estaba en el sofá de mi casa, borracho de ron, sentado debajo de una chica morena, que respondía a la etiqueta social de Alicia.
Lo del cuadro de Matisse venía a cuento de que se había empeñado en que le contase qué significaba la lámina que tenía colgada en el salón, 'Desnudo Azul II' de Henri Matisse. Sensualidad, tranquilidad, esencialidad, sencillez, lujo, calma y voluptuosidad, le había dicho. No hizo falta decirle que era una lámina, una copia, porque tampoco lo hubiera apreciado más de ser verdadero, precisamente porque ella era como ese cuadro; no le había mentido. Despreocupada, tranquila, sencilla, y bella.
Y mientras ella sonreía por el piropo de doble filo que le acababa de decir, y que no cogía, porque era como ese cuadro, yo buscaba la forma de desenvolver su cuerpo al ritmo de una música sensual, pero animada. Me había autoimpuesto un eclecticismo sonoro difícil de encajar en la mayor parte de las mentes de mi grupo social. Realmente creo que soy yo el que encajo difícilmente en la mayor parte de las mentes de mi grupo social. Pero al fin y al cabo, todos somos raros para los demás, unos más y otros menos.
Cuando me di cuenta ella había sido más hábil que yo y ya nos había desenvuelto a los dos. Sonrió cuando estableció contacto visual con mi pene ligeramente por encima de la media española, y felices y sonrientes practicamos el sexo seguro en el sofá hasta que yo me vacié y ella se llenó, que al fin y al cabo era lo que cada uno queríamos.
Entonces quedó probada para mí la nula utilidad de la cama para hacer el amor. Bueno, para practicar el coito, porque el amor propiamente creo que nunca lo he hecho. ¿Como sabes si estás enamorado de una persona? Me acuerdo de aquel programa de radio dedicado a solventar las dudas sexuales de los adolescentes del estado, en el que muchas chicas preguntaban ‘¿Cómo sé si he tenido un orgasmo?’, a lo que la presentadora, en vez de fingir uno en directo, contestaba misteriosamente ‘Cuando tengas uno lo sabrás’. Me imagino que el amor será igual. Cuando esté enamorado lo sabré. Es cierto que más de una vez creí estar enamorado, y dije que en la ocasión anterior no había sido amor, que sólo en esta era de verdad. Pero me pasaba igual que a aquellas chicas, que pensaban que habían tenido un orgasmo cuando sólo habían sentido un cosquilleo.
En el mismo documental que me reveló el auténtico valor de mi pene decían que el amor de verdad sólo dura cuatro o cinco años, que es el tiempo justo para que la hembra se quede embarazada, dé a luz, y el macho contribuya a criar el crío un poco, antes de buscar otra hembra de la que enamorarse y revolcarse con ella.
Cuando estaba debajo de la ducha, con el cuerpo cansado y el pene fláccido me acordaba siempre de todos los héroes y heroínas anónimos que provocaron una verdadera revolución social en el mundo: que se practique el sexo sin reproducción. Me imaginaba como sería mi situación si no se hubiesen producido todos esos pequeños cambios en la mentalidad de la gente, si la tradición judeocristiana todavía nublase nuestras mentes; y si la industria de los anticonceptivos no se hubiese desarrollado aún. Saldría de la ducha, la besaría, y pensaríamos dos nombres para la criatura, uno de niño y otro de niña; y haría planes: me buscaría otro trabajo, reduciría gastos superfluos...
Pero cuando salí de la ducha y fui a la habitación, ella se había tumbado en la cama, y la luz azul de la noche se reflejaba en su cuerpo desnudo. Era un cuadro de Matisse. Recapacité lo reconfortante que había sido acostarme con una obra de arte auténtica, no una reproducción, como la del salón. Encajaba perfectamente en la decoración de la casa. Un buen cuadro siempre encaja con la decoración de la casa. Ella creaba en mi habitación ese ambiente de lujo y sensualidad que se respira en un anuncio de colonia femenina cara. Sin quererlo, porque este tipo de cosas no se piensan conscientemente, se me pasó por la cabeza la idea de conservarla. Sin quererlo, me di cuenta de que no quería que dentro de unas horas nos deshiciésemos el uno del otro, porque eso agotaba casi toda posibilidad de conservarla, exceptuando breves encontronazos sexuales ocasionales.
No iba a dejar pasar la ocasión de tener un cuadro de Matisse, que pensándolo bien, no está nada mal. Es mejor que tener un cuadro de Warhol, contradictorio e hipócrita; o uno de Rothko, siempre meditativo, silencioso, y a veces deprimente; o incluso de Tápies, muy intelectual, pero en ocasiones difícil de mirar. Al menos si el cuadro era una mujer, me di cuenta de que prefería un Matisse.
En esos momentos la única información que procesaba mi cerebro, millones de impulsos eléctricos, era buscar la forma de que también ella se enamorase de mí, o por lo menos que me diese algo de tiempo para intentarlo. Triunfó el hemisferio derecho del cerebro, y la única forma que se me ocurrió fue hacerle experimentar el mayor orgasmo de su vida, que pensase que todo lo que había sentido hasta entonces habían sido cosquilleos.
Y excitado por su cuerpo azul, me acerqué a ella, y en la cama, hicimos el amor como nunca ninguno de los dos lo había hecho antes. Sí, hicimos el amor, ahora ya sabía lo que era, y no teníamos nada que ver con la pareja que había echado un polvo en el sofá media hora antes.
27/10/2003
2 comentarios:
Siento el retraso, pero sabes que me cuesta escribir.
Felicitarte por como lo haces y sigues haciendo; elegante, preciso y directo.
Una forma de conocer tus gustos.
Como posible crítica, se me hace extraño que no pongas nada tuyo.
Lo esperamos.
Un abrazo
Pd: te prometo que escribiré mis opiniones.
Gracias, Andrés, ya sabes que me alegra que esto guste a la gente con criterio.
Sobre las críticas, que siempre son bien recibidas, estoy trabajando en ello, en breve pondré información mía y trabajos. De momento sólo me he atrevido con algún texto como este.
Un abrazo.
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