Corazón de cristal (Herz aus glas, 1976) es una extraña y formidable película de Werner Herzog.
Ambientada en Baviera en el siglo XVIII, cuenta la historia de un pueblo cuya principal actividad económica es la elaboración del cristal rubí, una preciada joya de artesanía.
Pero el capataz de la fábrica muere, llevándose a la tumba el secreto de la fabricación del cristal, y sumiendo al pueblo en un estado de desesperación e incertidumbre. Deciden recurrir a Hias, un pastor que vive en las montañas y que en ocasiones tiene visiones en las que predice el futuro del pueblo y sus habitantes.
Lejos de ser una película fácil, Corazón de cristal plantea la incertidumbre vivida justo en la época anterior a los grandes cambios que traería la Revolución Industrial, predicha por las visiones de Hias, y que puede ser extrapolable a toda época de cambios profundos en la sociedad.
Una de las características que hacen a esta película tan extraña y experimental es que los actores, salvo el que interpreta al pastor visionario, actúan sumidos en un trance hipnótico. Es necesario conocer este dato para comprender sus extrañas actuaciones . Con ello Herzog intenta crear una atmósfera densa, enrarecida, y en cierto modo plasmar el shock bajo el que están los aldeanos.
El final de la película, sublime al estilo del mejor romanticismo alemán de Friedrich, nos cuenta una visión de Hias:
Una isla rocosa lejana, mar adentro, y una segunda isla más pequeña. Se encuentran en el límite del mundo deshabitado.
En la isla, durante siglos, han vivido algunos hombres olvidados. Y al vivir en el confín de ese mundo deshabitado, no han conocido la redondez de la tierra. Ellos han conservado la creencia de que la tierra es plana y que el océano más allá del fin es un profundo abismo.
Veo a un hombre en lo alto de la roca. Durante años ha permanecido sólo, vigilando el mar, día tras día, siempre en el mismo lugar. Él es el primero en dudar. Después, años más tarde, otros tres hombres se le unirán. Durante muchos años, contemplarán el océano desde la roca. Entonces, un día, decidirán tomar el último riesgo. Querer alcanzar el fin del mundo para comprobar si realmente hay un abismo. Músicos acompañan su salida. Después los hombres parten, patéticos e inconscientes.
Puede parecer un signo de esperanza que los pájaros los sigan en la inmensidad del océano…
Para mí las islas siempre han tenido un atractivo especial, sobre todo las deshabitadas. Me parecen pequeños mundos ensimismados sólo conscientes de su propia existencia única. Con la excusa de este post comienzo una nueva serie, Islas.
Arthur C. Clarke decía para explicar la inmensidad del Universo, que cada humano, vivo o muerto, que haya pasado por la Tierra, podría tener su propio planeta. Su propio cielo o infierno particular.
Y en cierto modo poético es así cómo veo yo a estas pequeñas islas.

Las islas filmadas por Herzog son las Skellig, a 16 km. de la costa irlandensa.
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